Mi?rcoles, 09 de octubre de 2013

Marieta AlonsoYa desde el primer día me llamaron la atención. Eran dos mujeres singulares integrantes del grupo de turistas despistados en Polonia.

Lo primero que percibí fue a través del oído. Tenían una forma de hablar melosa, apasionada, con un deje caribeño acentuado.

Luego su pasión. Pasión por vivir, por conocer, por captar con sus cámaras todos los rincones, los edificios, los rótulos, los atardeceres y fríos amaneceres. Todo interesaba, todo tenía sentido para estas dos mujeres.

Marieta me contó que escribía cuentos. Nada más y nada menos. Así, a bocajarro. Y me lo contó como si nada, como si no tuviese importancia, como el que dice que todas las mañanas baja al quiosco de la esquina a comprar la prensa. Su hermana Ángeles ayudaba a ilustrar sus trabajos con las miles de fotografías que registraba con su cámara digital. También me dijo que no podía parar de escribir, que lugares, personajes y la misma Historia, así, con mayúscula la asaltaban cada día y la perseguían sin tregua. A veces, incluso la esclavizaban y le imponían lo que tenía que decir y lo que no.

Ángeles dijo, muy seria, que Marieta sufría cuando no podía contactar con sus fantasmas literarios por algún tiempo. Que tenía que amamantarlos sin descanso y que para ella esto era maravilloso, porque admira a su hermana.

Marieta Alonso y Ángeles Alonso tienen el habla de Cuba. Suenan a malecón.

Me faltó tiempo una vez regresado a casa para buscar sus trabajos y leer algunos de ellos. Mi sorpresa se convierte entonces en lo contrario, que no sé cómo se dice. Desde entonces comprendo su mirada, la chispa de sus ojos, la avidez de captar, de saber, de vivir que demostraba. Sus cuentos, sus poemas, sus historias son ella misma.

Tampoco me extrañó ya su humildad. Sólo quien sabe sabe que no sabe, es de sobra conocido. Sólo alguien así es capaz de escribir sobre el arquitecto Juan del Castillo, o sobre el trabajo de Hércules nada menos, al tiempo que saca de la lata una sardina y la come directamente para no ensuciar el plato.

Tengo un lío de turista torpón en mi cabeza. Se me mezclan los enanos, las cabras y las ranas  y estoy esperando a que un relato delPro invidia viaje, o quizás un cuento sobre Lech, Czech y Rus, los hermanos que parieron este hermoso país, me ayuden de una vez por todas a poner en orden (en un cierto orden) mis vivencias, que aunque recientes se me agolpan como cabras, ranas y demás desbocadas. Cuando Marieta lo publique lo leeré y volveré a viajar por las llanuras boscosas de Polonia y a visitar sus casitas reconstruidas de pisos desiguales en altura y terminación puntiaguda, porque tienen que tapar un tejado a dos aguas muy inclinado para soportar la nieve del invierno.

Me pasa lo mismo que quiso provocar adrede el ciudadano de Gdansk cuando sobre la magnífica fachada de su residencia colocó la leyenda: “Pro invidia”. “Para dar envidia”. Siento envidia, sana, de esta estupenda escritora.

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Los cuentos de Marieta están aquí

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Publicado por minglanillaweb @ 22:13
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