Jueves, 09 de enero de 2014

Campaña contra el acoso escolarHechos como las trescientas dieciséis denuncias de acoso escolar tramitadas en 2012 por ejemplo,  ha hecho que la Policía Nacional se haya implicado directamente en esta lacra de nuestros tiempos, que por otra parte, es la lacra de siempre aunque haya sido ahora cuando más consciencia hay del tema. En España, empezamos a considerar la gravedad de este tema a partir del caso de Jokin.  Jokin Ceberio era un chico de 14 años que murió tras sufrir acoso escolar.

Todo empezó en 2003, cuando una diarrea provocó que se hiciese sus necesidades encima. A partir de entonces fue cuando sus compañeros comenzaron a burlase de él, humillarlo y más tarde llegaron a las palizas. Tras intentos por parte de los padres y del instituto en el que estudiaba de abordar el problema sin éxito, la madrugada del día 21 de septiembre de 2004 cogió su bicicleta, se fue a la muralla de Hondarribia y se arrojó al vacío.  Jokin dejó en un chat del que era usuario una  entrada que decía "Libre, oh libre mis ojos seguirán aunque paren mis pies". Otros lamentables hechos en nuestro país y en otros países de nuestro entorno se han producido con resultados dramáticos. Al acoso en las aulas se une en la era digital el acoso cibernético, mucho más dañino a veces y difícil de tratar.

La Policía Nacional ha creado puestos especiales para recoger e investigar con celeridad los casos de acoso y los colegios e institutos han elaborado protocolos especiales de actuación tan pronto como se detecta un caso de acoso.

Pero en este artículo quiero centrarme especialmente en poner de relieve la dificultad de la detección y tratamiento desde la familia pero, sobre todo desde el ámbito escolar, a pesar de los protocolos que demuestran la sensibilización de las autoridades educativas.

1.

Las particulares características del alumnado en edad escolar obligatoria, seis a dieciséis  años provocan a menudo la percepción de “normalidad” en sus relaciones a veces violentas en las que se mezcla el juego con la agresión y en su especial visión de la diversión ante los ojos de los adultos que conviven día a día con ellos en el espacio escolar. Con mucha frecuencia las quejas se manifiestan carentes de razón y la interacción hace a veces muy difícil, casi imposible determinar la implicación real de cada sujeto implicado en hechos agresivos. “Él fue el primero…” “Yo estaba tan tranquilo cuando él vino a insultarme…” son frases muy repetidas y por repetidas “normalizadas” en la vida escolar. El profesor realiza una media de mil intervenciones rápidas, sin apenas tiempo para meditar en cada jornada escolar en muy variados sentidos; correcciones, apercibimientos, llamadas, atenciones, respuestas a consultas, juicios de determinados hechos,…Esta característica peculiar de su vida profesional hace que se creen mecanismos automatizados de percepción para contrarrestar la falta de tiempo y relajación para el análisis. Algo parecido a lo que le sucede al conductor profesional cuando circula por carreteras un elevado número de kilómetros pasando ciudades, cruces, semáforos, adelantamientos…los movimientos reflejos adquieren importancia.

No es de extrañar, por tanto que el acoso escolar, que se diferencia claramente de la violencia escolar con carácter puntual tenga una cierta dificultad de detección “de oficio” por parte del docente, a no ser claro está que el acoso escolar sea muy evidente. Pero las más de las veces el acoso escolar está soterrado, oculto, disimulado, padecido en silencio, consentido por los compañeros  aunque no sea compartido. El profesor tropieza a menudo con una “coraza perceptiva”. Las familias pueden tropezar así mismo con la misma coraza o con la contraria, con la percepción de que cualquier comentario o acción que conozcan la interpreten como acoso inmediatamente y en todo caso. A menudo la tendencia ante una denuncia de acoso es la de la incredulidad, pues no se ha observado nada extraño en el comportamiento del grupo en clase o en espacios de recreo. Sin embargo es aconsejable que sea cual sea finalmente el resultado, a priori nuestra actitud sea de acogimiento y de dar credibilidad a lo denunciado. El acoso, ya se dice aquí no suele mostrarse ante los ojos del adulto fácilmente. Se eligen espacios y tiempos en que la presencia del adulto no es habitual, como los váteres por ejemplo, o la salida del centro. A veces las burlas y amenazas son hechas con apariencia de una conversación normal.

2.

La intervención de la emotividad en el tratamiento del problema.

Las familias, tanto de acosadores como de acosados, tienden a anteponer la emoción personal cuando conocen un caso en el que algún familiar está implicado al razonamiento y búsqueda de la solución, y aun cuando se busque la solución, ésta está muchas veces “contaminada” por la transpolación del hecho a otros aconteceres de su vida diaria o habitual. “A mí me daban un buen bofetón y no se me ocurría volver a hacerlo…” “Lo mejor es no hacer caso. Ya se cansarán…” “El culpable es ese niño maleducado…” “Mi hijo me dijo que él no había intervenido para nada…” “Lo mejor es defenderse. Si te pegan, pega tú más fuerte…”. De este tratamiento emotivo no se libran tampoco aunque en menor escala los docentes, pues son personas que conviven con otros adultos y con los alumnos a diario.

Este proceder viene de la incapacidad de analizar la situación y actuar sistemáticamente para llegar a un diagnóstico correcto y poder por tanto aplicar un remedio adecuado. Diría más, la dificultad puede estribar en no considerar como objetivo primordial el remedio, sino otros aspectos, como por ejemplo la razón de los hechos o la búsqueda del o los “culpables” para entender el proceder y poder actuar contra ellos.

Pongamos por caso que en un acosado por un grupo de compañeros de colegio se llega a la conclusión que ese alumno acosado ha sido previamente acosador, o ha provocado con su actitud antisocial la animadversión general del grupo. En este caso puede llegarse al convencimiento que él se está ganando su propio acoso al actuar de forma tan provocadora. Evidentemente en esta conclusión se ha abandonado completamente la dimensión trágica del acoso, pues sin pretenderlo se está “justificando” de alguna forma el proceder de los acosadores. La solución que podría aconsejarse sería del tenor: “Cambia, no seas tan antisocial”. Sin embargo, el cambio no producirá el cese del acoso en muchos casos, pues el acoso tiene razón en sí mismo y no en los factores que puedan provocarlo. Piénsese en el acoso por el hecho de ser obeso, empollón, débil…

He escuchado una entrevista radiofónica a una delegada policial para acoso escolar y en dicha entrevista citaba un caso en que en la denuncia de un acosado se había llegado a descubrir que en realidad era él el acosador. Seguramente así sería, pero también podría ser que, en efecto el que denunció acoso lo fuera realmente, independientemente de que él hubiera asimismo acosado a otros.

Resulta esencial despojar el posible caso de acoso de cualquier otra consideración y centrarse en el hecho del caso de acoso que se ha conocido en sí. El acoso es trágico independientemente de las circunstancias que concurran, incluso si el acosado sufre por su manera de ser y a otro en su caso no le llegaría a afectar. Los insultos repetidos siempre afectan, pero para unas personas  pueden ser molestos y para otras un verdadero drama.

3.

La importancia de la profesionalidad en las actuaciones.

Una vez conocido un posible caso de acoso escolar es necesario actuar de inmediato. Los docentes habitualmente se ponen en contacto con los alumnos  directamente implicados para que ratifiquen y expliquen lo que sucede en el caso del que denuncia ser acosado, así como de los que éste implica como acosadores. En ocasiones pulsa la opinión del conjunto de alumnos para que relaten lo que saben o han visto.

Esta acción no es en sí negativa para la resolución del conflicto, pero tampoco se puede esperar que aporte datos fiables. Si el docente se conforma con lo que resulte de estas charlas, es muy probable que haya obtenido una serie de opiniones y declaraciones interesadas, tanto de una parte como de otra.

Es muy importante que la persona que aborde la investigación en el colegio, es decir que instruya el procedimiento, esté formada mínimamente en técnicas de grupo y sepa cómo dirigir la investigación. Por ejemplo, no se debería debatir la situación en grupo en una primera fase, cuando se desea diagnosticar el problema. Sí cuando se desea poner en práctica una estrategia de responsabilidad en el mismo. Las entrevistas deben ser individuales y escoger bien el orden en que deben intervenir. Se debe hablar con casi todo o todo el grupo, en forma de círculos concéntricos. Es decir, empezando por los más allegados a los implicados y terminando por los menos, con el fin de confrontar cuidadosamente todas las declaraciones. Muy importante es también crear un clima de tranquilidad y confianza entre el docente y los alumnos con los que se entrevista. En ningún momento debe aquél revestirse de autoritarismo que pueda cohibir al alumno.

Es posible que algunos puedan haber concertado respuestas, pero serán los menos y lo natural es que el instructor, que recogerá los aspectos más relevantes por escrito esté al finalizar en condiciones de saber con bastante certeza lo que ha sucedido o está sucediendo realmente. A partir de aquí sería preciso diseñar la estrategia de resolución del conflicto. Tenemos que tener en cuenta que un colegio no tiene código penal y que de lo que se trata no es tanto llegar a castigar (desenmascarar responsables) como a educar en la responsabilidad y que esto haga cesar de forma natural el acoso. Muchas veces en niños de tercero o cuarto de Primaria (8-9 años) en los que también puede producirse acoso escolar, es suficiente con hacerles comprender el drama que supone el hecho de acosar y explicar bien lo que es acoso en contra de conflicto puntual para que no participe en el mismo. Quizá ya lo intuía, a pesar de que participaba en el acoso grupal, pero ahora, relatado seriamente por un adulto con autoridad y puede que ilustrado con hechos reales de casos de acoso haya sido el detonante de su marcha atrás como acosador.

La campaña que ha iniciado la Policía Nacional nos da idea de la dimensión que tiene esta lacra. Un adulto podría tomar a broma o minusvalorar el sufrimiento del niño o joven acosado, pero es fácil comprender la verdadera dimensión de su angustia, si pensamos en nuestro propio acoso por adultos, por una banda de extorsionadores, por ejemplo.

La actuación correcta de los centros docentes es esencial. La torpe actuación en un principio de algún profesor de Jokin, y la tardía reacción de la dirección del centro debió influir en la desesperanza del niño. La peligrosa incorporación de herramientas tecnológicas, como las redes sociales, chats, webcams y otros dispositivos hace que el acoso haya traspasado ampliamente el entorno escolar y haga necesario una implicación de los agentes de policía junto a los centros escolares, sin perjuicio de las posibles actuaciones judiciales. Bienvenida por tanto esta campaña.

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Publicado por minglanillaweb @ 23:18
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